¿Y el Madrí quiénes son, los de “colorao”?

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Me levanto un día más a una hora lamentable, las dos y media de la tarde, tras una noche de fiesta sin pena ni gloria que acabó en el McDonald’s (dígase Macdó en Francia) de Stalingrad comprándome un par de hamburguesas a las cuatro de la mañana (porque los McDonald’s aquí en Francia abren todo el día los fines de semana) y lo primero que hago es poner el telediario de la “imparcial”, según Lorenzo Milá, Televisión Española. La noticia principal es que una familia entera ha muerto en Écija (la sartén de Andalucía, dicen que el sitio donde más calor hace de España) por un incendio provocado, parece ser, por un brasero eléctrico que quemó unas cortinas.

 

Esta noticia me trae recuerdos de infancia, que por su importancia para el desarrollo de la vida del que escribe, merecen ser contados.

La palabra “brasero” la aprendí en Tarragona en casa de mi tía abuela, donde dormía todos los días en época de vacaciones. Iba allí solamente a dormir, ya que en casa de mi abuela no cabíamos todos.

Mi tía abuela tenia un brasero eléctrico debajo de la mesa del salón y mi padre (la persona mas precavida que he conocido jamás) me avisaba para que lo apagara, “que los braseros son mu peligrosos”. (como se ha visto, ¡qué sabio es mi padre!)

 

Pero quiero que estas líneas sirvan de pequeño homenaje para mi tía, esa mujer de posguerra que apura sus días en una residencia de la tercera edad sin acordarse muy bien de todo lo que ha vivido ni, por supuesto, de lo que voy a contar ahora.

Según llegaba el mocoso que les escribe a su casa, ella me daba el mando de la televisión, que estaba a todo volumen porque mi tía era sorda, y me decía las siguientes palabras, un día tras otro, palabras que han provocado y siguen provocando grandes momentos de risa en mi casa: “pon lo que quieras, no echan ná bonico.” Lo que me imagino que quiere decir que en el caso de que hubieran “echao” algo bonico me habría quedado sin ver lo que a mí me apetecía y me habría tenido que tragar lo que mi tía considerase “bonico”.

 

Después de que me diera el mando y de que yo quitara de la tele lo que ella estuviera viendo, que solía ser un programa bastante casposo, generalmente de José Luis Moreno, (¡qué grande mi tía, llegar a comprender que eso no era bonico!) la mujer se levantaba para prepararme mi vaso de leche con galletas (faltaría más) que tenía que llevarme yo a la mesa, puesto que la cojera de mi tía (además de sorda, coja) hacía que el vaso llegara a la mesa con la mitad de leche. La cojera de mi tía era bastante graciosa, pues sin quererlo, era la persona que mejor imitaba en este mundo a Manuel Fraga (vaya con mi tía, si ella cojea, lo hace igual que alguien importante, no va a cojear como un muerto de hambre.)

Cuando ella volvía a su sillón, yo ponía lo que a mí me parecía bonico en ese momento, que solía ser algún torneo veraniego tipo Carranza o Colombino o algo por el estilo, hecho que mi tía recibía con indiferencia, pero con la siguiente frase, que debería pasar al diccionario de citas célebres:

 

– “¿ Y el Madrí quiénes son, los de “colorao?”

Esta frase es digna de analizar, por diferentes motivos.

Primero, porque generalmente, el Madrid no jugaba el partido en cuestión, pero claro, el Madrí para mi tía tenía que jugar siempre, porque si no el fútbol no tiene sentido.

Segundo, lo que hace que la frase tenga tintes cómicos, el hecho de que el Madrid pudiera ir de “colorao”, cosa que sólo se produjo una vez en la historia, en Odessa, porque nevaba mucho (reconozco que he tirado de Google para saber que partido fue, mi memoria no da para tanto.) Pero vamos, la culturilla general llega para saber que el Madrí juega de blanco, normalmente.

 

Y tercero, y más importante ya que le da el tinte trágico a la frase,  el hecho de llamar “colorao” al rojo. Esto es porque mi tía que, como ya he dicho, era mujer de posguerra, había recibido una instrucción en la que una de las reglas esenciales era que había que ocultar la palabra “rrrrojo”, que debe pronunciarse con infinitas erres al principio, faltaría más. Parece de chiste, pero es así, una patochada más de un régimen que si no fuera por lo cruel que fue lo podríamos calificar de hortera y que tuvimos en España durante casi cuarenta años.

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