Tenía razón Millán Astray

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Tenía razón Millán Astray (“Muera la inteligencia!”), la lectura de poetas malditos franceses del XIX es lo único que explica mi irracional actitud un frío sábado de Enero. Me puse mis mejores galas de bourgeois bohème decidido a probar el sabor de la vida social parisina de los cafés. Recurrí a la “promenade automatique” entre el quinto y el sexto “arrondissements” decidido a que fuese el destino el que marcase en que café debía ser desvirgado por la intelligentsia francesa. Protegido por los cascos de mi IPod a todo volumen, me dediqué a observar a las paseantes, y, como diría mi amigo Diego (La prueba viviente de que el espíritu de Pajares y Esteso sigue vivo al sur de los Pirineos) “¡Menudas jamelgas, me las petaba a todas!”. En efecto, en París abundan las mujeres de buen ver y lo que es más importante, destilan buen gusto elegancia y refinamiento. Será el aura poética de París, pero todas parecen interesantes e inteligentes, el sueño de un pervertido con ínfulas de intelectual de tres al cuarto como yo.

Estas apariciones continuas me forzaron a cambiar el objetivo de mi promenade, de tarde cultural a tarde de pesca de gafapastas parisinas. El destino barajó sus cartas y Hermes (el Dios griego del azar entre otros, no el ente de los pañuelos a 1000 euros) tuvo a bien asignarme un pequeño y humeante café cerca del Bulevar Saint Michel. Instalado en una confortable mesa con vistas a los pasantes, saqué un gastado ejemplar de la Historia del ojo que acababa de comprar en una de las librerías de segunda mano del cinquième (pensé que Bataille sería una buena forma de provocar el interés de alguna jamelga cultureta). Pagué religiosamente los 4 eurazos de un delicioso café crème y cuando me disponía a sumergirme en la lectura sintiéndome Hemingway en sus años mozos, una horrible aparición rompió el ambiente de distinguido café parisino del pseudodistinguido café parisino.

El camarero encendió un pequeño televisor que lindaba con la barra, donde, a un volumen bajo, pero audible para alguien intransigente como yo, se podía apreciar un videoclip de tectonik (la última moda en danzas de apareamiento y músicas repetitivas de las clases populares francesas). Decidido a no dejarme vencer traté de recuperarme de tan duro golpe pensando que, al fin y al cabo, si estuviese en Ejpaña, el Jonathan de turno hubiese puesto reggaeton (notablemente peor que el tectonik) a todo trapo. Recuperé la lectura y de vez en cuando entre perversión y perversión del amigo Bataille, levantaba la vista y miraba con ojos de carnero degollado a las pasantes veinteañeras.

Pude apreciar un auténtico desfile de moda que haría las delicias del modernillo de Malasaña de turno. Pero sobre todo observé con satisfacción que casi todas las pasantes eran dignas candidatas a musas de madrileño mediocre exiliado en París. ¡Cuánto me hubiese gustado perder el tiempo con las susodichas! Un café por aquí, una exposición por allá, un polvo en su estudio de Le Marais y finalmente morir joven y guapo (es un decir) por despecho. Hoy en día la juventud de nuestras sociedades posmodernas necesita tener algún pasatiempo en el que malgastar su vida (¡el marxismo murió amigos!). En mi caso, a base de vivir en una sociedad de capullos drogadictos, había perdido las ganas de utilizar mis 20 años en hacer la revolución y me inclinaba por morir por una chica o alguna mariconada así; y eso que me hubiese encantado (siempre he sido un reaccionario) volver a los buenos viejos tiempos y tirar cócteles molotov a los grises, leer a Lenin, escuchar a Hendrix drogado, vestir con ponchos y participar en orgías con mujeres peludas. Me gustaría insistir en lo terrible que es que tan divertidas actividades se hayan visto sumidas en el olvido por culpa de mis coetáneos.

A lo que íbamos, muchas de las modelos improvisadas ni reparaban en el palurdo que las observaba al otro lado del cristal, pero so pena de sonar pretencioso, creo que alguna me echó ojos de deseo. Sin embargo, ninguna se dignó a entrar y empecé a perder la esperanza rodeado de ingenieros con pinta de deprimidos que apuraban sus cervezas.

-¡4 putos euros! La próxima vez ahorras y a final de mes te vas de putas- repetía la voz de Diego en mis adentros.

Cuando me hallaba sumido en tan profundas disquisiciones, observé a un par de esculturales chicas que entraron en el café y con paso decidido y alguna sonrisita que otra se sentaron en una mesa cercana a la mía. “¡Dios existe!” pensé para mis adentros. Ahora solo faltaba vencer mi inseguridad y encontrar alguna forma digna de entablar conversación con ellas. Mi cerebro se estrujaba con ansia, pero nunca rindo bien en los momentos cruciales (creo que mas de una ex amante piensa lo mismo). Me conformé con establecer contacto visual de cuando en cuando y observar que parecían interesadas en mí. Ataviadas a la última, parecían ser capaces de reparar en mis miradas y continuar con su animada conversación. Por sus gestos parecía realmente apasionante.

-¡Seguro que están discutiendo de arte! ¡O mejor aún de Sarkozy, neoliberalismo y la madre que lo parió!

Decidido a escuchar con nitidez su conversación, acerqué con disimulo mi silla a la suya y traté de captar su brillante disertación. Conseguí que mi par de parabólicas se impusiesen a la distancia y la tectonik reinante y escuché el siguiente fragmento:

-On m’a dit que si tu vas aux U.S.A il faut goûter sans faute le Burger King, c’est bien mieux que le McDo il paraît. (Me han dicho que si vas a U.S.A hay que probar sin falta el Burger King, está mejor que el McDonalds o eso dicen).

Me levanté de un brinco, y me dirigí a mi covacha con la firme intención de pegarme un tiro. ¡Que alguien haga algo! Francia, además de no tener Burguer Kings sino Quicks, también está en decadencia…

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3 comentarios to “Tenía razón Millán Astray”

  1. Astray jr Says:

    Hola! Solo quería comentarte que las hamburguesas del burguer king son mas grandes (y creo que igual de buenas) , y que nunca me hubiera imaginado que en un texto se pudiera relacionar las hamburguesas con Millán.
    Soy un descendiente de aquel personaje, y aunque no estoy ni mucho menos contento con serlo ya que sus ideales e ideologia eran como poco deleznables, siempre gusta que tu apellido salga por algún medio. Un abrazo. Por cierto ahora creo que os voy a leer a menudo que está interesante y contais cosas cotidianas.

  2. Bruno Clément Says:

    Las hamburguesas del Burger están cojonudas y son mejores que las del Quick o el Mcdonalds según mi parecer.

    Y no se trataba de citar a tu ancestro para compararle con hamburguesas, solo por lo de “muera la inteligencia” que parece que es lo que ocurre hoy en día.

    En todas las familias cuecen habas, imagínate que eres hermano de Pichu Cuéllar (el glorioso portero del 0-6 del Barca a mi Atleti) y tienes que pasarte por el Calderón al día siguiente. Peor todavía.
    Gracias por los ánimos.

    Un saludo.

  3. Astray jr Says:

    No si lo decía porque me ha hecho gracia ver la relación que tenían, nada más jeje. Un abrazo

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