Posts Tagged ‘París’

La Patache

junio 16, 2008

 

 Junto al Canal de Saint-Martin, en la rue de Lancry, cerca de la plaza de la République, nos encontramos con “La Patache”, un sitio muy acogedor en el que beberse un buen vino con unas tapitas.

La Patache es un sitio de los que me gustan, sin cocina, por lo que está siempre bastante limpio. Podemos elegir entre charcutería española, queso francés y unas latas de conservas buenísimas que van desde las sardinas a los “rillets” (una especie de patés) de atún o de cerdo.

 

El sitio es muy acogedor, con las luces bajas y velas en cada mesa, una decoración típicamente francesa, un mapa de Francia en relieve y anuncios de productos de los años setenta.

 

Sensacional el servicio, atentos a cada detalle, a la hora de servir el camarero explica al cliente el nombre y la procedencia de cada producto e incluso da consejos de cómo tomar esas delicias.

 

Y de postre, una tradicional crema catalana o un arroz con leche, para chuparse los dedos. Todo, a módicos precios.

 

Enfrente de “la patache” hay otro sitio francés al que he todavía no he ido pero que se nos presenta  con una gran carta de vinos y tapas de cocina muy económicas, como gazpacho, pimientos rellenos o delicias de pollo. Y más allá “L’épicerie” otro sitio de tapas, éste más grande.

 

En definitiva, tres sitios de tapas a precios razonables, en un sitio bastante escondido, lo que hace que no nos encontremos con los típicos turistas parisinos de calcetines blancos y cámara fotográfica.

 

Lástima que lo haya descubierto cuando me quedan quince días para irme…

 

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Problemas vecinales en el momento más inoportuno

junio 11, 2008

 

A veces hay cosas que uno lee en un libro y que se le quedan grabadas, de tal manera que le vienen a la mente de vez en cuando, cuando hace falta.

Me llamó la atención del libro de memorias de Revel que me regaló un buen amigo (que me perdone alguien por no haber leído ese libro antes) el elogio que el gran filósofo hacia del hecho de vivir en pensión; ni en propiedad ni alquilado, no, en pensión. Recuerdo perfectamente como contaba la envidia que sentía de un amigo suyo que había vivido cuarenta y tantos años en pensión.  Contaba Revel que comprar o alquilar un piso y empezar los problemas era todo uno.

 

Desde luego que me parecía  y me sigue pareciendo un exagerado, pero cuando a uno le pasan ciertas cosas se acuerda del bueno de Revel. Resulta que el agua de mi ducha provoca humedades en el techo de la casa de la vecina de abajo. ¡Qué coñazo! Que si llamar al propietario doscientas veces a que venga a ver la avería, que si la vecina cada dos por tres llamando a casa porque quiere tener la obra ya hecha, que si tal, que si Pascual. Y menos mal que la responsabilidad no es mía, sino del propietario. Aun así he tenido que ir hoy a mi aseguradora (en Francia es obligatorio hacerse un seguro de “habitación”) a declarar como parte interesada en el caso, perdiendo un tiempo de oro que podía haber dedicado a estudiar Política Monetaria, que no es una asignatura que se apruebe por la patilla, precisamente. Si hubiera estado viviendo de pensión habría dicho: “Señora, cámbieme de cuarto, que le estoy pagando y no tengo por qué soportar averías.”

 

Pero bueno, igual es que me tomo las cosas muy a pecho, que, como dice otro buen amigo, tengo moral judeocristiana. Quizá sea mejor desentenderse y que se las arreglen estos señores como buenamente puedan. Total, nadie me lo va a agradecer. Y mañana, a estudiar a Santa Genoveva, la biblioteca más encantadora que he visto nunca.

 

Fomento de la Integración y otras zarandajas.

junio 6, 2008

 

Nos encontramos un día un cartel en nuestro portal con el siguiente anuncio: “Domingo 1 de Junio, Fiesta de los Vecinos. Cada uno lleva algo de comer y beber.”

Me planteo que qué coño puede ser eso de la fiesta de los vecinos, pero bueno, un domingo a mediodía a nadie hace daño bajara tomar algo.

El domingo me levanto a estudiar temprano (no se crean que eso es regla general) y empiezo a oír preparativos bastante antes de las doce. Si embargo no consigo ver nada porque la fiesta se desarrolla en el otro patio del vecindario. Con la excusa de ir a comprar el pan paso por delante de la fiesta y veo que hay unas cuarenta personas; pocas, si tenemos en cuenta que hay ciento diez pisos, y veo también que en una mesa hay comida abundante.

A la vuelta de la panadería una señora con la boca llena me dice: “Venga usted  a tomar algo con nosotros, baje, no hace falta que traiga nada, aquí hay de todo.” Será que soy un reaccionario, pero me encanta que la gente se llame de usted.

 

Al bajar a la fiesta saludo a Álvarez, un español de Galicia que lleva cuarenta años viviendo en Paris. El hombre ha hecho una sangría para todo el mundo, faltaría más, para algo es español y va ofreciendo a todo quisque que pasa un vaso de sangría (otros emigrante españoles me cuentan que en todas estas fiestas Álvarez siempre trata de que todos acaben tajados, ¡vaya genio el gallego!

 

Me explican que esta fiesta es tradición en Provincias (me encanta también la costumbre francesa de distinguir entre París y provincias, antes en España se estilaba más, pero me imagino que con el Estado de las Autonosuyas no se puede hablar ya de Provincias) y que hace unos diez años se instaló en Paris por el Ayuntamiento con el objetivo de fomentar la integración de los emigrantes.

 

De hecho en la fiesta están todos un poco separados. Los árabes por su lado, con su cuscus y los franceses y españoles por otro. Algún que otro francés, sobre todo parejas y solteros jóvenes que se mudan a esta zona menos rica de Paris en busca de vivienda barata. Llama la atención la cantidad de españoles que hay, podemos ver claramente dos olas de inmigración. En los años 60-70 la inmigración española y en los 80-90 la árabe.

 

Pero por muchas fiestas de los vecinos y muchas sangrías que haga Álvarez la integración me parece más que difícil, porque como diría Desproges “los animales son menos intolerantes que nosotros: un cerdo hambriento no rechazaría nunca comerse un musulmán.”

Homenaje a un Genio del Marketing

mayo 24, 2008

 

No sé de quien habrá sido la idea, me imagino que de algún creativo de una agencia importante de París, pero no puedo hacer otra cosa que felicitarle.

 

Durante esta semana hay una flota de Smart (esos coches de pequeño tamaño, los aquí llamados “citadines”) que se pasean por los alrededores de la Sorbona, pintados con los colores de una marca que, a primera vista, no podemos reconocer.

Cuando se han cansado de dar vueltas se detienen en la plaza del Panteón, frente a la Facultad de Derecho y junto a las dos bibliotecas más grandes de la Universidad, Cujas y Santa Genoveva, y comienza el espectáculo.

 

Los Smart tienen unos hornos microondas (sí, sí, como los que tiene usted en su casa) alimentados por unos pequeños generadores, siempre con los colores a juego con los de la empresa, y en un minuto preparan una hamburguesa precocinada, que es el nuevo producto estrella de esta marca que, por lo visto, es muy conocida en Francia.

 

No he probado la hamburguesa, mi religión me prohíbe hacer colas para beneficio de otro, en este caso la citada empresa y cuando volvía de comer no había cola pero no tenía hambre.

 

Porque, ¡qué gran idea!, ir en época de exámenes a repartir hamburguesas a una plaza por la que pasan miles de jóvenes, estudiantes de una de las mejores Universidades de Francia, para que todos vean, caten y se empapen de su producto. Porque si consiguen clientes de veinte años los tendrán toda la vida y porque se lo contarán a sus amigos. Y si un niñato de la Sorbona se come su Charal, los chicos más pequeños comerán Charal para convertirse en Sorbonnards.

 

Yo probablemente nunca compre la hamburguesa de marras, pero me he fijado y se lo cuento. Pero yo no valgo como experimento sociológico porque tengo deformación profesional, me gusta el Márketing (perdóneme señor Grijelmo por no encontrar un término español para esta palabra), me lo han explicado bien y voy por la calle fijándome en campañas publicitarias. Soy, en esa nueva palabra de reciente creación, un friqui.

 

  Prometo no cobrarle a Charal la publicidad que le he hecho

 

 

 

 

 

Cena de Domingo en Le Marais (y 2)

mayo 22, 2008

(continuacion de esto)

Nuestros compañeros de mesa enseguida se presentan y tratan de entablar conversación. Son dos franceses y un americano de unos cuarenta años,  bastante bien vestidos, uno de ellos demasiado bien vestido. La conversación se desarrolla en varios idiomas, español, francés y sobre todo inglés.

 

El americano resulta ser un consultor que trabaja para distintos bancos en Europa y nos cuenta cosas interesantes sobre las operaciones financieras de los últimos meses, entre ellas la compra de ABN Amro por parte de Royal Bank of Scotland, Santander y Fortis Bank. Como acudo con frecuencia a la clase de M. Boissieu sobre mercados financieros puedo seguir la conversación a duras penas y quedar más o menos bien.

 

No sé si es porque somos capaces de hablar de distintos temas, de mantener conversaciones más o menos cultas o por nuestras pintas de veinteañeros rebeldes con ínfulas de intelectuales por lo que distingos monsieurs demuestran un cada vez más patente interés sexual. A pesar de mentar a nuestras chicas en un par de ocasiones con la clara intención de dejar clara nuestra inclinación hacia el sexo femenino, no dudan en intentar algo con nosotros, todo hay que decirlo, muy educadamente.

 

La verdad es que la peor parte le toca a Bruno, ya que el francés demasiado bien vestido resulta ser un sobón sin clase, defensor de la Monarquía absoluta que se ofende porque en su selección nacional no juegan franceses, ya que son todos africanos. Resulta curioso tener esas ideas políticas siendo gay, pero cosas más raras se han visto. En fin, un tipo que intenta ser un provocador pero que lo único que consigue ser es un pedante que da bastante pena.

 

Yo estoy sentado al lado del yanqui que también resulta ser homosexual. Este, sin embargo resulta ser gracioso, todo un genio. Lapidaria su forma de intentar conseguir algo conmigo. Al acabar de cenar me dice: “sé que aquí en Europa habéis dejado todos de fumar, pero yo sigo necesitando un cigarrillo después de cenar.” “Mueve tu culo para que pueda salir, ya te pediré que lo muevas luego otra vez.” Todo ello acompañado por una sonrisa irónica.  Teniendo en cuenta que me tendría que volver a mover para dejarle entrar la frase adquiere un doble sentido que hace que no sea ofensiva. Un tipo alegre y divertido con un puestazo en una de las mayores consultoras americanas. En ese momento lamentamos que en vez de tres hombres no hubieran sido tres cuarentonas recién divorciadas y reconocemos que los gays se lo pasan mucho mejor y tienen menos prejuicios a la hora de ligar.

 

Con los estómagos llenos y tras dos horas de agradable conversación sobre nuestros países, política, periodismo y los motivos que nos llevan a encontrarnos en París salimos satisfechos del restaurante convencidos de que Le Marais es el único reducto de vida social de esta ciudad.

 

 

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porque hay cosas de Madrid que siguen echándose de menos.

 

 

 

Cena de Domingo en Le Marais (1)

mayo 19, 2008

 

Tarde de domingo en París. Bruno, un amigo suyo y un servidor decidimos que el domingo no es buen día para estudiar y quedamos en Place Monge a media tarde. Tras un té con pastas en la terraza de la cafetería de la mezquita (visita recomendada), se nos presenta el momento de tomar la decisión de dónde ir a cenar. Después de discutir la posibilidad de ir a distintos sitios nos decidimos a ir “al de la carne”, que es un pequeño bistró típico en el que hay pocas mesas que los clientes comparten.

 

El restaurante en cuestión se llama “Robert et Louise”, lo que da idea de lo familiar que es el sitio. Se encuentra en Le Marais, el barrio gay de París. Hay que reconocer que en este muerto París el único barrio con ambiente (en todos los sentidos de la palabra) es este, que a mi entender es bastante más grande que Chueca y donde se ve gente por las calles en horarios españoles, es decir, después de las diez de la noche.

 

Entramos en el “restó” y el camarero ya tenía preparada nuestros sitios. Tres cubiertos en una mesa de seis por lo que, como ya teníamos descontado, tenemos que compartir mesa. Esta costumbre la he observado en bastantes otros sitios de Francia y me parece de lo más saludable, compartir mesa con desconocidos es una buena forma de conocer gente y tener una comida agradable. Mi tío me contaba que cuando era hombre de negocios era normal hacerlo, pero en España nos estamos volviendo cada vez más señoritos, ya no se comparte mesa ni para las tapas en La Latina.

 

“El de la carne” recibe dicho sobrenombre porque hacen una suculenta carne al horno de piedra, todo cocinado delante del cliente, faltaría más. Buena comida a precios bastante asequibles. Tienen diferentes entradas entre las que destaca el Boudin, que es una especie de morcilla que, como diría el clásico, “quita el sentío.” Como plato principal se suele pedir o costilla de buey o entrecot, a pedir poco hecho, “saignant” en francés. No se quedan atrás los postres, caseros, con la tradicional créme brulée (crema catalana) como estandarte.

 

Todo ello regado con un buen vino y acompañado por un servicio más que aceptable que le hacen sentirse a uno como en casa. Fíjense si es familiar que un día cerraron el restaurante y nos pidieron permiso para que la gente fumase, en un sano gesto de infracción de la ley anti-tabaco que aquí es mucha más restrictiva que en España.

 

El próximo día prometo comentar la cena en sí y presentarles a nuestros compañeros de mesa.

 

 

 

Botellón en Contrescarpe

mayo 12, 2008

Lunes de vacaciones (sí, qué pasa, aquí somos muy chulos, hay dos semanas de vacaciones porque sí, no hay vacaciones de Semana Santa porque es un país laico, lo que permite poner las vacaciones cuando a uno le peta, ¡no nos íbamos a quedar sin vacaciones por ser laicos!) y nos da por quedar en una zona de bares de este muerto París, la zona de la Rue Mouffetard. En vista de que no hacía demasiado frío y del elevado precio de la cerveza en los bares de la zona (que, encima, están medio vacíos) decidimos entre todos comprar algo en alguna tienda de lo que antes se llamaban los “ultramarinos”, ahora chinos en Madrid, pero que en París son árabes, con el claro objetivo de hacer un pequeño botellón en la plaza (palabra esta “Botellón” que empiezan a conocer los extranjeros con independencia de su país de origen.) La ventaja principal es que como aquí no hay costumbre pues, obviamente, no está prohibido, porque no lo conocen.

 Nacionalidades varias, españoles, alemanes e italianos (un chico de Trieste me cuenta que en su ciudad se hace botellón, que fue instaurado por las tropas bárbaras allí destinadas en Erasmus, que se reunían en la plaza central del pueblo, con independencia del frío que hiciese, para darse a tan saludable costumbre), pero en principio ningún francés, hasta que llega un chico bastante mayor, le echo unos 35 años, compañero de piso de uno de los alemanes.Viste bastante mal, va muy dejado y desaliñado, en principio no atrae la atención. Luego resulta que habla un español bastante correcto y hasta es capaz de gastar bromas en la lengua de Cervantes. No reparo más en él y a la una menos cuarto decido intentar coger el último metro, queriendo la providencia que la estación esté ya cerrada, por lo que me veo obligado a volver a la informal reunión donde apenas queda gente.

 Entablo un poco de conversación con este chico y le pregunto que qué ha hecho con su vida. Me dice que ha estudiado en la Ecole Normale Superieure de la rue d’Ulm. ¡¡¡Vaya crack!!!!!! La ENS, donde han estudiado auténticos genios como Althusser, Sartre, Raymond Aron o Jean François Revel se me presenta así, de improviso, en un botellón. Por supuesto, le pregunto, que cuánto hay que estudiar, que si esto, que si lo otro, hasta llegar a resultar un poco pesado quizá. Lo que más me llama la atención es que antes de entrar en la ENS ha estudiado tres años, es decir, que se ha pasado de los 18 a los 21 estudiando solamente para entrar en la Escuela. No está mal.

Está un poco “tocadillo” por el vino y empieza a hablar; la verdad que da gusto oírle, ¡qué sabiduría más cercana, qué poco creído para lo que debería ser, qué vocación didáctica sin llegar a ser pretencioso! en definitiva, una excepción a la regla, un tío preparado en un botellón lleno de iletrados como nosotros. 

Nos cuenta millones de anécdotas, de la que me quedo con esta; la procedencia de la palabra “snob”, que es algo así como pijo en inglés y que ha sido adoptada por el francés y el español, entre otras lenguas (aceptada en español por la RAE desde el lejano 1923.) Cuenta Patrice, que así se llama el elemento, que en el siglo XVII solo entraban en la Universidad los hijos de los aristócratas, es decir, que había que ser noble para poder estudiar. Esto era sí, hasta que abrieron la mano y dejaron entrar a unos cuantos que no eran nobles los “sine nobilitate, (“sin nobleza”), abreviado “s/nob.” Como estos nuevos ricos burgueses (la historia se repite) eran los que más iban pavoneándose de que estaban en la Universidad y eran lo que hoy diríamos, unos pijos, se empezó a llamar “snob” a todo aquél que iba presumiendo de más de lo que era.

Como la historia se repite, hoy en día también podemos ver a los “snob” de nuestro tiempo, que son esa casta social a la que detesto con todas mis fuerzas y que son los pijos, esos que no saben tener la nobleza de ocultar lo que tienen o son, si de verdad son algo, integrantes de esta sociedad cada vez menos culta e inteligente. Recemos todos por la vuelta a las buenas costumbres, como por ejemplo la de la humildad intelectual y social que demuestra Patrice.

En búsqueda del absoluto…

mayo 7, 2008

Uno procede a ejercer de erasmus un martes por la noche que apuntaba a una barbacoa sin más en la cité universitaire. Ser inconsciente, beber, hacer el memo e ir a hacer botellón a un quai en el sena. He tenido el placer de observar a monos drogarse, beber, venir a tocarnos los cojones esperando pelea, desmayarse en coma etílico, ofrecernos drogas… Después he tenido la suerte de conversar con unos italianos cuyo único objetivo en esta vida era decir lo cojonudo que es Milán y la mierda que es el resto. Tras cagarme en el proletariado delincuente y drogado me he vuelto a casa con el ipod a todo volumen esperando quedarme sordo.

Un mendigo en un saco de dormir se agitaba suplicándome dinero. Me hubiese gustado poder explicarle que hace 2 días, un par de pseudomendigas con una niña en brazos me hicieron creer que necesitaban dinero de verdad (apelando a mi moral judeocristiana) y les dí 10 euros para comer, que se habrán gastado en comprarse una tele de plasma para su chabola, con la que ver a un par de anoréxicas anunciando vestidos Versace que nunca podrán permitirse.

Ese par de estafadoras se rieron de mí, y mi orgullo me torturaba recordándome que probablemente hubiese hecho mejor dándole el dinero al mendigo que se retorcía de frío. Al mismo tiempo, subiendo la rue Saint Jacques podía ver una exposición fotográfica sobre mayo del 68. Como explicarle al “clochard” que llevo toda la puta vida buscando un lugar donde sentirme a gusto con mis congéneres. Como explicarle que el absoluto en las relaciones humanas no existe y que sin embargo jamás podré conformarme con menos que eso. Como explicarle a la cucaracha subhumana que tiritaba de frío en su saco que me encantaría creer en las ideas de los que lanzaban piedras en las fotos expuestas, y salvarle a base de barricadas. Como explicarle que quizás sería mejor si tuviese los cojones de ahorcarme a los 23, como Ian Curtis que aullaba sus letras depresivas en mi Ipod. Enfin que voy borracho y Schopenhauer es Dios y Joy Division (con Curtis al frente) sus profetas:

“Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre… La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras, cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir… Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas”.

Y no, no me creo Schopenhauer ni Jesucristo.

Tenía razón Millán Astray

abril 21, 2008

Tenía razón Millán Astray (“Muera la inteligencia!”), la lectura de poetas malditos franceses del XIX es lo único que explica mi irracional actitud un frío sábado de Enero. Me puse mis mejores galas de bourgeois bohème decidido a probar el sabor de la vida social parisina de los cafés. Recurrí a la “promenade automatique” entre el quinto y el sexto “arrondissements” decidido a que fuese el destino el que marcase en que café debía ser desvirgado por la intelligentsia francesa. Protegido por los cascos de mi IPod a todo volumen, me dediqué a observar a las paseantes, y, como diría mi amigo Diego (La prueba viviente de que el espíritu de Pajares y Esteso sigue vivo al sur de los Pirineos) “¡Menudas jamelgas, me las petaba a todas!”. En efecto, en París abundan las mujeres de buen ver y lo que es más importante, destilan buen gusto elegancia y refinamiento. Será el aura poética de París, pero todas parecen interesantes e inteligentes, el sueño de un pervertido con ínfulas de intelectual de tres al cuarto como yo.

Estas apariciones continuas me forzaron a cambiar el objetivo de mi promenade, de tarde cultural a tarde de pesca de gafapastas parisinas. El destino barajó sus cartas y Hermes (el Dios griego del azar entre otros, no el ente de los pañuelos a 1000 euros) tuvo a bien asignarme un pequeño y humeante café cerca del Bulevar Saint Michel. Instalado en una confortable mesa con vistas a los pasantes, saqué un gastado ejemplar de la Historia del ojo que acababa de comprar en una de las librerías de segunda mano del cinquième (pensé que Bataille sería una buena forma de provocar el interés de alguna jamelga cultureta). Pagué religiosamente los 4 eurazos de un delicioso café crème y cuando me disponía a sumergirme en la lectura sintiéndome Hemingway en sus años mozos, una horrible aparición rompió el ambiente de distinguido café parisino del pseudodistinguido café parisino.

El camarero encendió un pequeño televisor que lindaba con la barra, donde, a un volumen bajo, pero audible para alguien intransigente como yo, se podía apreciar un videoclip de tectonik (la última moda en danzas de apareamiento y músicas repetitivas de las clases populares francesas). Decidido a no dejarme vencer traté de recuperarme de tan duro golpe pensando que, al fin y al cabo, si estuviese en Ejpaña, el Jonathan de turno hubiese puesto reggaeton (notablemente peor que el tectonik) a todo trapo. Recuperé la lectura y de vez en cuando entre perversión y perversión del amigo Bataille, levantaba la vista y miraba con ojos de carnero degollado a las pasantes veinteañeras.

Pude apreciar un auténtico desfile de moda que haría las delicias del modernillo de Malasaña de turno. Pero sobre todo observé con satisfacción que casi todas las pasantes eran dignas candidatas a musas de madrileño mediocre exiliado en París. ¡Cuánto me hubiese gustado perder el tiempo con las susodichas! Un café por aquí, una exposición por allá, un polvo en su estudio de Le Marais y finalmente morir joven y guapo (es un decir) por despecho. Hoy en día la juventud de nuestras sociedades posmodernas necesita tener algún pasatiempo en el que malgastar su vida (¡el marxismo murió amigos!). En mi caso, a base de vivir en una sociedad de capullos drogadictos, había perdido las ganas de utilizar mis 20 años en hacer la revolución y me inclinaba por morir por una chica o alguna mariconada así; y eso que me hubiese encantado (siempre he sido un reaccionario) volver a los buenos viejos tiempos y tirar cócteles molotov a los grises, leer a Lenin, escuchar a Hendrix drogado, vestir con ponchos y participar en orgías con mujeres peludas. Me gustaría insistir en lo terrible que es que tan divertidas actividades se hayan visto sumidas en el olvido por culpa de mis coetáneos.

A lo que íbamos, muchas de las modelos improvisadas ni reparaban en el palurdo que las observaba al otro lado del cristal, pero so pena de sonar pretencioso, creo que alguna me echó ojos de deseo. Sin embargo, ninguna se dignó a entrar y empecé a perder la esperanza rodeado de ingenieros con pinta de deprimidos que apuraban sus cervezas.

-¡4 putos euros! La próxima vez ahorras y a final de mes te vas de putas- repetía la voz de Diego en mis adentros.

Cuando me hallaba sumido en tan profundas disquisiciones, observé a un par de esculturales chicas que entraron en el café y con paso decidido y alguna sonrisita que otra se sentaron en una mesa cercana a la mía. “¡Dios existe!” pensé para mis adentros. Ahora solo faltaba vencer mi inseguridad y encontrar alguna forma digna de entablar conversación con ellas. Mi cerebro se estrujaba con ansia, pero nunca rindo bien en los momentos cruciales (creo que mas de una ex amante piensa lo mismo). Me conformé con establecer contacto visual de cuando en cuando y observar que parecían interesadas en mí. Ataviadas a la última, parecían ser capaces de reparar en mis miradas y continuar con su animada conversación. Por sus gestos parecía realmente apasionante.

-¡Seguro que están discutiendo de arte! ¡O mejor aún de Sarkozy, neoliberalismo y la madre que lo parió!

Decidido a escuchar con nitidez su conversación, acerqué con disimulo mi silla a la suya y traté de captar su brillante disertación. Conseguí que mi par de parabólicas se impusiesen a la distancia y la tectonik reinante y escuché el siguiente fragmento:

-On m’a dit que si tu vas aux U.S.A il faut goûter sans faute le Burger King, c’est bien mieux que le McDo il paraît. (Me han dicho que si vas a U.S.A hay que probar sin falta el Burger King, está mejor que el McDonalds o eso dicen).

Me levanté de un brinco, y me dirigí a mi covacha con la firme intención de pegarme un tiro. ¡Que alguien haga algo! Francia, además de no tener Burguer Kings sino Quicks, también está en decadencia…